De los y las compas zapatistas, he aprendido a no ser zapatista. Sé bien de la dignidad de su lucha. He caminado en la profundidad de las montañas del sureste mexicano, con el favor de su guía; pisqué frijol y eché tortilla en territorio libre y autónomo; conversé con las miradas que habitan al interior de los Caracoles y dormí bajo el cielo más estrellado que he visto; todo para comprender que cualquier día es bueno para encender una luz, por ejemplo hace 29 años…




Al asistir a la Escuelita Zapatista, nueve años atrás, comprendí que el corazón del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional late en el pecho de quien vive entre árboles y niebla; supe a viva voz que su mejor arma es el diálogo y que su profesión es la esperanza. Sí, la esperanza de que un día la dignidad de la vida sea para todos y para todas.






Mi admiración y respeto por sus pasos me han permitido acompañarles en su rebeldía, al mismo tiempo que lucho en mi geografía, valiéndome de mis posibilidades e inconvenientes. La amistad, la escritura y la fotografía son mis trincheras y oasis. Desde estos lugares, resisto y trabajo por construir un mundo donde quepan muchos mundos.
